Por César E. Rodríguez
Hay momentos en la vida de las instituciones en que la biografía de una persona deja de ser un simple currículo y se convierte en un argumento político. Ese es, hoy, el caso de Rebeca Grynspan. Mientras Naciones Unidas atraviesa una de las crisis de credibilidad, financiamiento y relevancia más profundas de sus ocho décadas de historia, la costarricense se perfila como la favorita para suceder a António Guterres al frente de la organización. Y no es casualidad: es, sencillamente, la trayectoria adecuada para el momento adecuado.
Una crisis que exige experiencia, no promesas.
El multilateralismo lleva años a la defensiva. Los grandes bloques de poder desconfían cada vez más de los espacios de negociación colectiva, los presupuestos de los organismos internacionales se recortan, y una parte significativa de la opinión pública mundial ha dejado de creer que la ONU pueda resolver algo. En ese contexto, elegir a la persona equivocada para dirigir la Secretaría General no es un error menor: puede significar la irrelevancia definitiva del organismo. Por eso, la elección de quien suceda a António Guterres, cuyo mandato concluirá el próximo 31 de diciembre, tendrá una importancia que trasciende el relevo de una figura por otra.Y por eso la candidatura de Grynspan resulta tan oportuna: no llega con un discurso de renovación abstracta, sino con casi tres décadas de trabajo efectivo dentro de la maquinaria multilateral, en distintos niveles y desde distintos ángulos.
Una carrera construida desde adentro, Grynspan no es una outsider que promete reformar la ONU desde fuera. Es, por el contrario, alguien que conoce sus engranajes desde hace más de veinte años, y esa es precisamente su fortaleza. Su trayectoria internacional arrancó formalmente cuando el propio Kofi Annan la nombró directora del Buró Regional para América Latina y el Caribe del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), a finales de 2005. De ahí escaló a la Administración Asociada del PNUD, cargo que ocupó entre 2010 y 2014, situándose entre los puestos de mayor jerarquía dentro del sistema de Naciones Unidas, con rango de subsecretaria general.
Antes de todo eso, ya había ejercido como Segunda Vicepresidenta de Costa Rica entre 1994 y 1998, durante el gobierno de José María Figueres, una experiencia que le dio algo que pocos diplomáticos internacionales poseen: haber gobernado, haber enfrentado las tensiones reales de la política interna y haber tenido que rendir cuentas ante un electorado. Esa mezcla de experiencia técnica y política es poco común entre quienes hoy aspiran al cargo. Entre 2014 y 2021 dirigió la Secretaría General Iberoamericana (SEGIB) desde Madrid, un puesto desde el cual tejió una red de vínculos con los gobiernos de América Latina, España, Portugal y Andorra, y participó activamente en la construcción de consensos entre las cumbres iberoamericanas. Fue, en la práctica, un largo entrenamiento en la diplomacia de consensos entre países con intereses distintos, exactamente la habilidad que hoy se le exige a quien dirija la ONU. Desde septiembre de 2021 encabeza la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD), un cargo que le ha permitido lidiar directamente con las grandes fracturas económicas del mundo actual: cadenas de suministro, deuda de países en desarrollo, comercio internacional y las consecuencias económicas de las crisis globales recientes. Es, quizás, la mejor escuela posible para entender por qué el mundo ha perdido la fe en las instituciones multilaterales: porque muchas veces no han sabido traducir sus principios en resultados concretos para la gente.
¿Por qué esa trayectoria importa hoy? No hace falta idealizar a Grynspan para reconocer algo objetivo: pocos candidatos en la contienda actual reúnen una combinación tan completa de experiencia política nacional, gestión multilateral de alto nivel y diplomacia económica internacional. En un proceso donde compiten perfiles como Rafael Grossi, Michelle Bachelet, Macky Sall, María Fernanda Espinosa, Carolyn Rodrigues-Birkett u Olara Otunnu, cada uno con méritos propios, Grynspan aporta algo específico: ha ocupado prácticamente todos los peldaños intermedios del sistema de Naciones Unidas antes de aspirar a su cima. Esa experiencia acumulada no es un detalle protocolario. Es, en el fondo, la respuesta más razonable a la pregunta que hoy se hacen millones de personas escépticas del multilateralismo: ¿alguien sabe realmente cómo hacer que esta organización funcione? Grynspan puede responder que sí, no desde la teoría, sino desde haber estado en la sala de máquinas durante dos décadas. Además, su elección tendría un valor simbólico que no debería subestimarse: sería la primera mujer en dirigir la ONU en sus ocho décadas de existencia, y la primera persona latinoamericana en el cargo desde el peruano Javier Pérez de Cuéllar, que lo ocupó entre 1982 y 1991. En una organización que necesita reconectar con la legitimidad global, ampliar quién puede liderarla no es un gesto cosmético: es parte de la respuesta.
Una oportunidad que no debería desperdiciarse.
Ninguna candidatura garantiza, por sí sola, que la ONU recupere la confianza perdida. Eso dependerá también de reformas estructurales, de voluntad política de las grandes potencias y de decisiones que trascienden a cualquier persona en particular. Pero si de algo puede depender el rumbo inmediato de la organización, es de que quien la dirija tenga la experiencia, los contactos y el conocimiento técnico para intentarlo con seriedad. Rebeca Grynspan reúne esas condiciones como pocas personas en la carrera actual. Su trayectoria profesional, profundamente arraigada en el multilateralismo, y su permanente esfuerzo por transformar la cooperación internacional en resultados concretos para los países y las personas, hacen de su candidatura no solo una opción razonable, sino la candidata idónea para fortalecer la ONU frente a los desafíos del mundo actual.




