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RESUMEN DE LA NOTICIA CON IA

Por: Roberto Ángel Salcedo

El destino en el proceso vital de todo colectivo deja de depender de lo realizado y comienza a relacionarse con lo que es capaz de entregar; a ese instante se le denomina sucesión.

En la política la prueba es más aguda e intensa, porque mide la capacidad de renovarse y sobrevivirse a sí mismo. La proclamación, por ejemplo, de Luis Abinader como presidente del Partido Revolucionario Moderno, en la segunda mitad de su último período constitucional, coloca a nuestra organización, con toda certeza, frente a esa prueba. Por ello, me permito en el presente trabajo abordar los factores y necesidades que estimulan la necesaria sucesión que aplica con similar intensidad en el orden familiar, empresarial y  político.

Conviene precisar el concepto. Suceder no es reemplazar. Reemplazar es llenar una vacante; suceder es trasladar autoridad sin destruir aquello trasladado. El problema, por tanto, no es sólo quién viene después, sino cómo se transfiere la legitimidad cuando cambia de destinatario. El carisma —esa energía personal, intransferible y esencial que funda liderazgos— sólo pervive a su portador si consigue volverse patrón o norma; es decir, si logra convertirse en procedimiento ordinario, en institución.

La familia ha sido un laboratorio por excelencia. El rey Lear, de William Shakespeare, es la tragedia de una sucesión mal hecha: un padre que reparte el reino según la elocuencia de las declaraciones de amor de sus hijas y descubre, demasiado tarde, que había premiado la retórica y castigado la lealtad. La sabiduría popular lo expresa con precisión: “Padre bodeguero, hijo caballero, nieto pordiosero”.

Las cifras en la literatura sobre el tema son implacables: alrededor de un tercio de las empresas familiares sobrevive al paso a la segunda generación, una de cada diez llega a la tercera y apenas un puñado alcanza la cuarta. El fracaso rara vez es financiero; casi siempre es sucesorio. De ahí que las casas ante los antecedentes hayan creado protocolos de familia, consejos de accionistas, juntas con miembros independientes, etc. La sucesión siempre ha entrañado retos, no importa el ámbito que aborde.

Entre los ejemplos más solventes encontramos a Apple, que sobrevivió a Steve Jobs y ahora a Tim Cook, por haber construido equipo, no por ungir un delfín; Microsoft llegó a su tercera vida con Satya Nadella, sucediendo a Steve Ballmer, porque tenía un consejo ejecutivo y deliberativo capaz de decidir en contra de la inercia.

No es casual que la ficción televisiva más comentada de la última década, producida por la cadena HBO, se llamara, sencillamente, Succession: el drama de un patriarca que lucha contra sí mismo y sus descendientes ante la inminencia de la sucesión. Ese es, definitivamente, un drama universal de nuestro tiempo.

La sucesión política

El repertorio universal ha planteado el reto en diversos tiempos y espacios: Alejandro Magno, moribundo en Babilonia, respondió a la pregunta sobre su heredero con dos palabras —«al más fuerte»— y condenó a su imperio a cuarenta años de guerras entre sus generales. Roma, en cambio, vivió su siglo más próspero cuando sustituyó la sangre por la adopción: Nerva, Trajano, Adriano, Antonino Pío y Marco Aurelio eligieron cada uno al más capaz, no al más cercano.
Nelson Mandela personificó la sucesión, pudo gobernar de por vida, en cambio se retiró tras un solo mandato, entendiendo que su última contribución a Sudáfrica era demostrar que su amada nación podía prescindir de él.

Washington que, habiendo sido la figura más preponderante de la gesta independentista de 1776, y luego de completar los primeros dos períodos constitucionales entre 1789 y 1897, se retiró a su granja y fundó con ese gesto una tradición más sólida que cualquier artículo constitucional.

En la política dominicana, la sucesión ha sido históricamente una discusión abierta. La era de Trujillo no tuvo sucesión, su final se produjo a través de un magnicidio y esto, a su vez, desencadenó en vacío e incertidumbre. Posteriormente acaecieron etapas de inestabilidad marcadas por las interrupción del gobierno constitucional de Bosch en 1963, una guerra civil y la segunda intervención norteamericana en el siglo XX.

El expresidente Balaguer, en su dilatada carrera política, nunca estimó necesaria la sucesión y, por consiguiente, su partido fue perdiendo facultades en las mismas proporciones que las perdía su líder y fundador. Juan Bosch, habiendo formado el PLD motorizó la sucesión ante la desaceleración de sus capacidades vitales. El PRD, por su parte, ante la carencia de institucionalidad aceleró el proceso de fragmentación que produjo, en 2014, la creación del Partido Revolucionario Moderno, hoy cabeza del oficialismo y principal fuerza del sistema  político nacional.

De estos tres escenarios ya descritos —familia, empresa y política— emerge una misma patología con tres síntomas. El primero es la postergación: la sucesión se discute cuando ya es urgente, y entonces se decide sobre imprecisiones. El segundo es la confusión moral: allí donde no hay reglas, hablar de sucesión es interpretado como deslealtad, y el que aspira es leído como el que conspira, con lo cual toda ambición, legítima por demás, se ve forzada a la confrontación. El tercero es la identificación entre el fundador o líder y la obra, ese necesario punto de inflexión que se determina en el cierre de un ciclo y en la apertura de uno nuevo.

Sucesión en el PRM

La XXIV Convención Ordinaria del PRM, recientemente celebrada, estableció una línea diáfana de actuación frente a su presente y futuro. Un partido de doce años de vida institucional, con dos gobiernos consecutivos, coloca a su líder al frente de la organización en calidad de presidente hasta 2030.

La propia composición de la nueva dirección permite dinamizar y enlazar la generación fundacional de nuestra organización con cuadros formados íntegramente en la actual y moderna etapa del partido.
Sobre la sucesión, la lección se repite: quien organiza su relevo, como lo proyecta el PRM y el presidente Abinader, multiplica su legado; quien lo aplaza termina hipotecándolo.


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