Por: Alejandro Grisanti Capriles
Esta semana llegó el tan esperado “humo blanco”. No por la elección de un nuevo Papa, sino por el anuncio de una tregua en la guerra comercial entre China y Estados Unidos. Aunque el acuerdo aún debe ser ratificado en un plazo de 90 días, su sola presentación ya representa un posible punto de inflexión en una dinámica que venía elevando la incertidumbre global, encareciendo los costos de producción y presionando los precios al consumidor tanto en EE.UU. como en el resto del mundo.
La escalada arancelaria había llevado la tasa efectiva de aranceles desde 2.4% a finales del 2024, hasta un pico de 27.6% a finales de abril —el nivel más alto desde 1903. Con el nuevo pacto, esta tasa se reduce a 17.8%, que, aunque sigue siendo elevada, representa un alivio parcial y es la tasa más alta desde 1934. Esta reducción trae consigo efectos económicos inmediatos y relevantes. Por un lado, el impacto inflacionario esperado se reduce de 2.9% a 1.7%. Por el otro, el efecto negativo sobre el ritmo de crecimiento del PIB se reduce a 0.7% hoy, versus el menor ritmo de crecimiento de 1.1%, calculado antes del acuerdo. La reacción positiva de los mercados bursátiles no se hizo esperar.
A pesar de la tregua, el mercado laboral de EE.UU. seguirá sintiendo los efectos de la guerra comercial. Se estima que el desempleo aumentará en 0.4 puntos porcentuales, lo que equivale a una pérdida de unos 456,000 empleos al cierre de 2025. En cuanto a los ingresos fiscales, el aumento de aranceles aportaría USD 2.7 billones entre 2026 y 2035. Pero, al descontar el efecto del menor crecimiento económico, el ingreso neto adicional se reduce a USD 2.4 billones. Esto equivale a un 0.7% del PIB anual, apenas suficiente para cubrir poco más del 10% de un déficit fiscal que actualmente supera el 6% del PIB.
A nivel sectorial, hay ganadores y perdedores. La manufactura se beneficia con un crecimiento estimado de 1.5%. En contraste, sectores como la construcción (-3.1%), la agricultura (-1.1%) y la minería (-1.1%) sufrirán retrocesos. En términos de precios, los consumidores enfrentarán aumentos considerables en productos como ropa (+15.0%), calzado y carteras (+14.0%), vehículos (+9.3%), computadores y electrónicos (+14.1%), artículos eléctricos (+12.7%) y productos farmacéuticos (+8.8%). Los servicios —como los inmobiliarios, la educación y las telecomunicaciones— no deberían experimentar variaciones significativas en sus precios.
Para República Dominicana, este nuevo escenario representa una oportunidad. Con la reducción de la participación de China en las importaciones estadounidenses del 14% al 6%, se abre un espacio que será aprovechado por países como Canadá (del 13% al 15%), México (del 15% al 17%) y el resto del mundo (del 58% al 62%). Si bien los economistas coinciden en que el proteccionismo no es ideal, cuando los aranceles te suben menos que a tus competidores, se convierte en una ventaja relativa. RD debe prepararse para aprovechar esta oportunidad geoeconómica.




